Imagínese una
espléndida mañana o un placido atardecer, o si quiere un romántico anochecer,
rodeado por una exuberante naturaleza preñada de vida, prados verdes, árboles
frutales, aves de todos los colores, flores coloridas de todos los aromas,
animales de todas las especies, que le reconfortan el espíritu alejándolo de la
diaria rutina y haciendo que los problemas por complejos o apremiantes que sean
pasen a un segundo plano hasta el punto de ser olvidados para dedicarse al menos
por un momento, a la contemplación y a la introspección de esa reparadora y
saludable experiencia de compartir con la madre de todos, la madre naturaleza.
¿ha estado alguna vez allí? Se ha dejado absorber al punto de perder la noción
del tiempo y que al volver a la realidad, esa realidad dura e implacable lo
único que ha podido decir es ¡Que rico!.
¿Entonces, a qué?
Se refiere, a la
riqueza que estando siempre con nosotros no hemos sido capaces de descubrir, y
que por el contrario hemos olvidado porque a nuestro alrededor se han
construido estructura ajena a nuestra forma de ser y de pensar que se ha ido
perpetuando a través de estos quinientos años últimos, y que han dado como
resultado que vivamos aquí, pero no nos sintamos de la tierra, que vivamos aquí
pero que no sintamos patria, que vivamos aquí pero no sintamos nación.
Y es que la
historia no es de ahora, y si la historia debe remontarse a la historia, más
grave aún, si se sabe que la historia la escriben los vencedores.
Nadie habló o
escribió de la inconmensurable riqueza en la que los hombres no se sentían
pobres, ninguno era infeliz, ninguno carecía de un hogar, y ninguno carecía de
un trabajo porque cada uno tenía su quehacer.










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